lunes, 30 de abril de 2012





Tenía unas manos bonitas, masculinas pero suaves. Y bonitas. Al mismo Miguel Ángel no le hubiese importado usarlas en su “Creación de Adán”.
Esas manos, que unos segundos antes habían cerrado un viejo y usado cuaderno negro en el que estaba dibujado mi perfil con el ventanal detrás mía y la ciudad detrás de éste.
Esas mismas manos ahora estaban colocadas con desgana sobre sus piernas pareciendo haber sido colocadas ahí a propósito, como para ser dibujadas. Por desgracia yo no sabía dibujar, así que me dediqué a mirarlas. Luego pensé en lo bonitas que quedarían sobre alguna espalda femenina, quizás con un tono de piel más claro y de paso algún lunar.
Su mirada era ausente, perdida en el ventanal de su derecha, de la misma manera que antes me había dibujado a mi.
Y pensé que quizás estaba recordando alguna espalda donde habría colocado antes sus manos. Quizás más clara y puede que también con un lunar. Puede que me dibujase por eso, puede que necesitase dibujar a alguien más que a la que había llenado todas las hojas de su viejo cuaderno negro antes de mi. Puede incluso que yo fuera un punto y aparte en ese cuaderno, la forma de ponerle punto y final a algo, una forma de cerrar el cuaderno para empezar de nuevo. O puede que simplemente necesitara saber si podía dibujar a alguien que no fuera la dueña de aquella espalda, que parecía ocupar sus ojos a pesar de su intento de mirar todo lo que había detrás de ese gran ventanal.

*Creacion de Adán (detalle). Miguel Ángel.

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