lunes, 30 de abril de 2012





Tenía unas manos bonitas, masculinas pero suaves. Y bonitas. Al mismo Miguel Ángel no le hubiese importado usarlas en su “Creación de Adán”.
Esas manos, que unos segundos antes habían cerrado un viejo y usado cuaderno negro en el que estaba dibujado mi perfil con el ventanal detrás mía y la ciudad detrás de éste.
Esas mismas manos ahora estaban colocadas con desgana sobre sus piernas pareciendo haber sido colocadas ahí a propósito, como para ser dibujadas. Por desgracia yo no sabía dibujar, así que me dediqué a mirarlas. Luego pensé en lo bonitas que quedarían sobre alguna espalda femenina, quizás con un tono de piel más claro y de paso algún lunar.
Su mirada era ausente, perdida en el ventanal de su derecha, de la misma manera que antes me había dibujado a mi.
Y pensé que quizás estaba recordando alguna espalda donde habría colocado antes sus manos. Quizás más clara y puede que también con un lunar. Puede que me dibujase por eso, puede que necesitase dibujar a alguien más que a la que había llenado todas las hojas de su viejo cuaderno negro antes de mi. Puede incluso que yo fuera un punto y aparte en ese cuaderno, la forma de ponerle punto y final a algo, una forma de cerrar el cuaderno para empezar de nuevo. O puede que simplemente necesitara saber si podía dibujar a alguien que no fuera la dueña de aquella espalda, que parecía ocupar sus ojos a pesar de su intento de mirar todo lo que había detrás de ese gran ventanal.

*Creacion de Adán (detalle). Miguel Ángel.

jueves, 12 de abril de 2012





Recuerdo de Marie A.

En aquel día de luna azul de septiembre
en silencio bajo un joven ciruelo
estreché a mi pálido amor callado
entre mis brazos como un sueño bendito.
Y por encima de nosotros en el hermoso cielo estival
había una nube, que contemplé mucho tiempo;
era muy blanca y tremendamente alta
y cuando volví a mirar hacia arriba, ya no estaba.
Desde aquel día muchas, muchas lunas
se han zambullido en silencio y han pasado.
Los ciruelos habrán sido arrancados
y si me preguntas ¿qué fue de aquel amor?
entonces te contesto: no consigo acordarme,
pero aun así, es cierto, sé a qué te refieres.
Aunque su rostro, de verdad, no lo recuerdo,
ahora sé tan sólo que entonces la besé.
Y también el beso lo habría olvidado hace tiempo
de no haber estado allí aquella nube;
a ella sí la recuerdo y siempre la recordaré,
era muy blanca y venía de arriba.
Puede que los ciruelos todavía florezcan
y que aquella mujer tenga ya siete hijos,
pero aquella nube floreció sólo algunos minutos
y cuando miré a lo alto se estaba desvaneciendo en el viento.
Bertolt Brecht




*Foto:Sevilla, 2011