Tenía unas manos bonitas, masculinas
pero suaves. Y bonitas. Al mismo Miguel Ángel no le hubiese
importado usarlas en su “Creación de Adán”.
Esas manos, que unos segundos antes
habían cerrado un viejo y usado cuaderno negro en el que estaba
dibujado mi perfil con el ventanal detrás mía y la ciudad detrás
de éste.
Esas mismas manos ahora estaban
colocadas con desgana sobre sus piernas pareciendo haber sido
colocadas ahí a propósito, como para ser dibujadas. Por desgracia
yo no sabía dibujar, así que me dediqué a mirarlas. Luego pensé
en lo bonitas que quedarían sobre alguna espalda femenina, quizás
con un tono de piel más claro y de paso algún lunar.
Su mirada era ausente, perdida en el
ventanal de su derecha, de la misma manera que antes me había
dibujado a mi.
Y pensé que quizás estaba recordando
alguna espalda donde habría colocado antes sus manos. Quizás más
clara y puede que también con un lunar. Puede que me dibujase por
eso, puede que necesitase dibujar a alguien más que a la que había
llenado todas las hojas de su viejo cuaderno negro antes de mi. Puede
incluso que yo fuera un punto y aparte en ese cuaderno, la forma de
ponerle punto y final a algo, una forma de cerrar el cuaderno para
empezar de nuevo. O puede que simplemente necesitara saber si podía
dibujar a alguien que no fuera la dueña de aquella espalda, que
parecía ocupar sus ojos a pesar de su intento de mirar todo lo que
había detrás de ese gran ventanal.
*Creacion de Adán (detalle). Miguel
Ángel.
